Bibliotecas privadas y La Casa de los Libros Perdidos – Columna emitida en Nunca es Tarde

Muchas de las grandes bibliotecas particulares crecen, ocultas e insospechadas, en casas y departamentos. Algunos de ellos son representantes del mundo de la cultura -como escritores o académicos-; otros, personas anónimas que cultivan su afición libresca en forma paralela a otras profesiones.

  • Las bibliotecas personales en La Plata

No existen estadísticas formales, pero los expertos y bibliotecarios estimaron que los profesionales, los cultores del arte, los estudiantes de todas las facultades y los miles de lectores autodidactas suman en sus viviendas más de 15 mil bibliotecas caseras bien surtidas. Casi treinta librerías cubren estos días una demanda que no cesa en nuestro distrito. Por cierto que no puede dejar de mencionarse a las numerosas bibliotecas populares que existen en los barrios y en el casco urbano platenses.

“Actualmente en La Plata no hay bibliófilos (coleccionistas de primeras ediciones muy caras, casi imposibles de encontrar), pero si existen muchos bibliómanos (amantes de los libros que se limitan a disfrutar del goce estético que depara la cercanía con los libros por su belleza, antigüedad o rareza). Y entre éstos podemos incluir a los que vienen a buscar primeras ediciones de autores argentinos clásicos” dice Mario Luis Lenzi, uno de los últimos, de los libreros personales de la Ciudad. Sobre los más de 30 mil libros de su librería personal cercana a plaza Italia, se vuelcan todos los días jóvenes estudiantes, académicos, profesionales, escritores, muchos historiadores y sobre todo lectores, gente que busca formar su propia biblioteca en casa. La mayor parte de los libros son de “viejo” o, como le gusta decir a Lenzi, de “lance” porque el lector se tira el lance de encontrar algo bueno en ellas.

Alfredo Guerrini es un médico platense poseedor de una biblioteca personal de más de 5 mil volúmenes. “Mi biblioteca central la tengo en el estudio, y las satelitales en los otros lugares de la casa…”. Su colección comprende libros profesionales y los humanísticos, preferentemente de literatura. Guerrini  –que de tanta lectura humanística terminó escribiendo relatos y ensayos- apela al orden de tipo alfabético, por el nombre del autor a la hora de guardarlos en los estantes. En cuanto a las revistas médicas o científicas las conserva para algún coleccionista, pero dice que están siendo consultadas cada vez menos en soporte papel, ya que los lectores prefieren acceder a uno o dos artículos de ese ejemplar a través de internet.

¿Qué es lo que ocurre con las donaciones de libros, de colecciones, que muchas veces no son aceptadas por el Estado? Lo cierto es que en los cuatro puntos cardinales florecen las bibliotecas personales, pero cuando sus dueños son pensadores, sabios o literatos suelen poseer obras muy valiosas. Esos verdaderos tesoros entran habitualmente en riesgo de perderse, cuando mueren quienes las formaron. Y la experiencia enseña que el sistema legal de nuestro país no encuentra todavía fórmulas para preservarlas, para evitar que se dispersen o terminen mal vendidas por metro o por kilo.

 “El problema es sumamente complejo, ya que los derechos de autor en la Argentina perduran por 75 años más allá de la muerte del escritor. Supongamos que usted recibe la donación de una biblioteca personal de cinco mil libros. Muchos de ellos perdieron vigencia. Otros no se pueden digitalizar, por el tema de los derechos de autor. La ley no admite otras salidas y entonces conviene rechazar esas donaciones, ya que no se las puede dispersar ni reducir”, aseguran los bibliotecarios más experimentados.

La biblioteca personal es como la biografía de uno. Pienso que uno la formó y la reconfiguró. Y que alguien, alguna vez, la terminará comprando.

  • Ciudad de Buenos Aires (ejemplos)

Horacio Salas: poesía, narrativa e historia latinoamericana

Ernesto Sábato lo abraza afectuosamente; ríe junto a Mario Vargas Llosa; con Enrique Cadícamo miran directo al lente… Son incontables las fotos que retratan a Horacio Salas acompañado por muchas de las figuras más notables de la literatura latinoamericana del siglo XX. Esas imágenes, apoyadas en los lomos de los libros de su biblioteca, rompen con una nota alegre la gravedad que imponen los más de 15.000 volúmenes que atestan los anaqueles de su departamento de Palermo.

Salas, poeta y ensayista, dice que, como un pararrayos atrae rayos, él atrae libros: “Soy un ‘paralibros‘ -se ríe-: los libros me llegan”. Además de comprarlos, durante décadas muchas editoriales se los enviaron por su labor como crítico. Así, reunió las primeras ediciones de todos los autores del boom latinoamericano. La vocación por “acumular libros” se le despertó a los 13 años. Neruda, García Lorca y Borges fueron algunas de sus primeras adquisiciones.

“Tengo mucha poesía, literatura universal e historia latinoamericana”, repasa. Agrega que consulta seguido la revista Caras y Caretas, y aclara que su biblioteca es “de trabajo, no de coleccionista”.Sin catálogo, Salas apela a la memoria para localizar cada libro. Pero cuando algún visitante cambia un ejemplar de lugar es como si “cayera en un agujero negro”: pueden pasar meses hasta que lo encuentra.

José Mariluz Urquijo: relatos del virreinato

José María Mariluz Urquijo y su mujer, Daisy Rípodas Ardanaz, hicieron su primer viaje juntos en 1960 a Salvador de Bahía. Desde entonces, recorrieron con intensidad América Central y del Sur, y en cada país compraron libros de su historia colonial. Así crearon una colección que llegó a los 25.000 volúmenes. Ella se especializó en la historia cultural latinoamericana; él, en la historia jurídica, económica y social de la época del virreinato. Ambos son miembros de la Academia Nacional de la Historia. “La bibliofilia es el único vicio que la vejez no aplaca”, se ríe Mariluz Urquijo, de 94 años. Sin catalogar, la biblioteca sólo está ordenada por temas, y para encontrar un título deben apelar a la memoria.

La biblioteca que custodia volúmenes coloniales

Se trata de una de las más antiguas y valiosas de Buenos Aires, la biblioteca histórica del convento de San Francisco es una de las más antiguas y valiosas de Buenos Aires. Gracias a la estructura del claustro, con sus techos altos y muros gruesos que conservan la temperatura templada, varios volúmenes lograron conservarse en buen estado, a excepción de ciertas encuadernaciones en pergamino que sufrieron el ataque de insectos. Se está poniendo a punto para abrirla al público.

Bajo un programa del Régimen de Promoción Cultural de Mecenazgo del Ministerio de Cultura se repararán tanto los libros como las salas de lectura, de publicaciones periódicas, la sala mayor de biblioteca y la de volúmenes incunables, que conserva escritorios y bibliotecas de madera originales del siglo XVIII utilizados por los frailes.

El objetivo es recuperar la biblioteca y todos sus libros para realizar un catálogo de obras coloniales existentes y digitalizarlas. Además, podrá ser consultada por investigadores, nacionales y del exterior, y visitada junto a la Basílica de San Francisco por quienes realicen el circuito papal. “La biblioteca posee un importante patrimonio documental franciscano desde el siglo XVI hasta nuestros días”, explica Patricia Russo, bibliotecaria y conservadora de la biblioteca, considerada una de las más valiosas en materia de libros antiguos, con más de 20.000 volúmenes de incalculable valor. El convento franciscano de Buenos Aires -cuya biblioteca requiere autorización especial para visitas y consultas- posee un importante fondo documental entre libros, folletos, periódicos y partituras. “Realizamos un estudio exhaustivo de cada ejemplar, desde la preservación y la conservación hasta el análisis de los manuscritos que se encuentran en las guardas del libro. La biblioteca histórica no lo es sólo por tener volúmenes antiguos y raros, sino también por todos aquellos detalles que hacen a la historia franciscana y del país.

La historia de una familia, perseguida por la dictadura, que escondió sus libros

Ana Gerchunoff, periodista y escritora, contó la historia de su biblioteca familiar. Tuvieron que ocultarla durante la dictadura y recién recuperaron sus libros 30 años después. Salomón Gerchunoff, defendía a los obreros de la SMATA (Sindicato de Mecánicos) de Córdoba.

En la casa en la que vivíamos, mis padres tenían una enorme biblioteca. Creo que fue en el invierno de 1976 cuando mi mamá –sabiendo que todo se pondría peor– aprovechó una reforma para esconderla. Así como hubo gente que enterró sus libros en el patio, que les puso arbolitos o plantas arriba para disimular, los míos la escondieron detrás de una pared de ladrillos. Fue un trabajo que hicimos entre todos y hasta con alegría. Esa que se tiene cuando se es chico y se siente participando con los padres en algo importante. Mi mamá aprovechó una baulera que había en el ángulo superior de un pasillo, donde apenas cabíamos dos o tres de nosotros, los chicos, para llenarla con nuestros libros y ahí, apilarlos bien amontonados. Ellos nos alcanzaban los volúmenes y nosotros los acomodábamos adentro en pilas bien apretadas. También fueron a parar ahí todos los papeles y papelitos que andaban dando vuelta por la casa de clase media acomodada en el barrio Parque Vélez Sarsfield. Allí, los Gerchus, dejamos una partecita nuestra hasta muchos años después. Cuando mi padre Salomón volvió nosotros vimos al Gerchu que conocimos. Que intentó recuperar la casa de barrio Parque Vélez Sarsfield que mi mamá tuvo que malvender cuando no pudo pagar la hipoteca que tomó para sobrevivir. El dueño de entonces, habrá sido el año 1982, lo trató mal y ni siquiera le dejó que sacara los libros que, él le explicó, estaban guardados allí. Nada. Portazo. Gerchu nos dijo: “Nos olvidamos de los libros, cerramos acá la historia”.

La Casa de Los Libros Perdidos (documental sobre la familia Gerchunoff que se rodó allí y se estrenó el 23/3/16, junto con la colaboración de la Prosecretaría de Comunicación Institucional de la UNC), así nos nombraban en el barrio. Y lo supe por una compañera de trabajo que por obra del azar había alquilado nuestra casa y los vecinos le habían contado la historia. Con Luis y Roberto, mis hermanos, fuimos a la casa de la mujer que me había reconocido (Beatriz y Nora viven en Israel desde hace años). Ella y su familia nos esperaron con pizzas y un albañil rompió la pared con la que sellamos la baulera. Sin un centímetro de duda, Luis fue quien señaló el lugar exacto. El albañil golpeaba a maza y cincel y de pronto el grito “¡Acá están los libros!”. Todos empezamos a gritar, a reír, a festejar, a abrazarnos y a llorar como si hubiésemos llegado a la cima de nuestras vidas. Las obras completas de Marx, Lennin, literatura, invitaciones a fiestas de 15, revistas, y el poema que Neruda le dedicó a Salomón Gerchunoff en su visita a Córdoba en los años ’50. Mi sobrino Pablo abrazaba El Capital como si quisiera incrustárselo en el pecho. Fuimos bajando de a tandas unos 500 libros, revistas del Partido Comunista y la que consideramos ahora la joya de nuestra biblioteca recuperada: las Odas de Pablo Neruda que el propio Premio Nobel le había dedicado a mi papá en un paso que el poeta hizo por Córdoba. También reencontramos nuestros libros infantiles, como Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. Lo que nos quedaba de esa época: tapas, títulos, hojas amarillentas invaluables para nosotros. Se encontraron con el legado material de las ideologías, momentos y recuerdos que el terror no puede matar ni desaparecer.

Conclusión: Las bibliotecas que me interesan realmente son las de la gente anónima con pasión por la bibliofilia. Esas bibliotecas que tardan una vida entera en reunirse, porque cada libro que entra cuesta comprarlo y es leído y disfrutado con pasión. Y descubrir que hay libros que están ahí, en el centro, en los barrios, en las localidades de la periferia, y pertenecen a las bibliotecas personales de cada ciudadano me llena de ilusión. En ellas corre un aire diferente, que respiran todos los textos enlazados como en un círculo mágico, todos reuniendo el amor, el miedo, el pensar, la vida y además el sueño humano. Esas colecciones íntimas deben ser defendidas y deben perdurar. Un aforismo anónimo dice que “los libros no llegan solos a las bibliotecas, hay que salir a buscarlos”, pero es claro que esa tarea de búsqueda exige una preparación previa en el lector. El lector que elige un libro está forjando su biblioteca casera en un impulso inaugural de su cultura.

Recuerden que pueden escuchar mi columna todos los martes a las 16.45 hrs  en el programa NUNCA ES TARDE (Lun.-Vier. de 16 a 18 hrs) de Facundo Flores y Federico Carestía que se emite por RADIO X5 FM 91.3 de La Plata, o desde internet: http://www.X5radio.com.ar

¡Gracias por seguirme, comentar y compartir! Hasta la próxima❤

 

Referencias: Marcelo Ortale; Diario El Dia La Plata; Natalia Blanc; La Nación; Fernando de Aróstegui; www.diarioregistrado.com; www.vos.lavoz.com.ar ; Diario Clarín; http://www.nos-comunicamos.com.ar/

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2 pensamientos en “Bibliotecas privadas y La Casa de los Libros Perdidos – Columna emitida en Nunca es Tarde

  1. Muy interesante en su totalidad la columna sobre bibliotecas privadas, me llamó la atención que hay más de l5 mil bibliotecas caseras y que bueno que pronto abrirá sus puertas y se podrá visitar la biblioteca histórica del convento San Francisco.. .
    Me gustó mucho, felicitaciones
    Un beso
    Cata

    • Hola Caty, qué bueno que te llamara la atención el tema tanto como a mí. A veces, uno desestima los tesoros “escondidos” de cada casa y eso quise resaltar. A mí el caso que más me gustó fue el del matrimonio de 94 años. Besito y hasta la próxima ❤

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