¡RADIOTEATRO! – Columna emitida en Nunca es Tarde

¡Buenas, buenas, muy buenas! ¿Cómo están? Como algunos de mis lectores saben, la semana pasada, en el programa radial Nunca es Tarde (Radio X5 91.3 de La Plata) junto a los conductores Federico y Facundo, les propusimos un juego: deberían elegir Género, Tiempo, Lugar y Narrador para que yo escribiera un relato original y ser leído en la Columna DiViNa de ayer. El resultado que la mayoría eligió fue una historia romántica e histórica situada en Buenos Aires y en primera persona.

Con mis compañeros de Nunca Es Tade, Lobizón Ediciones (quienes me ayudan con este sueño escrituril) y yo le dimos otra vuelta más y se nos ocurrió hacer un radioteatro. ¡Sí, RADIOTEATRO! Es decir, leer el relato en vivo y actuarlo (con música original de esa época) para transmitirles lo que sentían los protagonistas. De más está decirles que DISFRUTÉ muchísimo la experiencia y creo que se vendrán otros más (espero que los conductores no estén leyendo esto jiji). Hablando en serio, lo pasamos muy bien y también lo han disfrutado quienes nos escucharon, así que ¿por qué no?

Sobre el relato: Tomé la historia real de Jeanette Morven Campbell, una nadadora francesa nacionalizada argentina, campeona y plusmarquista argentina y sudamericana y ganadora de la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, donde igualó el récord olímpico, y la ficcioné. Cuando escuchen el relato teatralizado se encontrarán con datos históricos reales (sobre la época, sobre Argentina y sobre Alemania) y con lo subjetivo de la vida de este gran ejemplo femenino de la época inventado por mi pluma.

Deseo de todo corazón que pueda transmitirles lo que se vivía en aquellos tiempo a través de Matilde y Julio en “A UN ZEPPELIN DEL AMOR”. Les dejo el audio del radioteatro:

Recuerden que pueden escuchar mi columna todos los martes a las 16.45 hrs  en el programa NUNCA ES TARDE (Lun.-Vier. de 16 a 18 hrs) de Facundo Flores y Federico Carestía que se emite por RADIO X5 FM 91.3 de La Plata, o desde internet: http://www.X5radio.com.ar

¡Gracias por seguirme, comentar y compartir! Hasta la próxima ❤

A un zeppelin del amor

Me esforzaba por entrenar aunque mi cabeza, mis ojos y mis oídos estaban impregnados del chico del cual estaba enamorada desde 3° año. Cuando me di cuenta que mi mejor amigo me correspondía en sentimientos, le quise ahorrar problemas y humillaciones desalentando cualquier iniciativa de ser algo más porque sabía que sus amigos hablaban mal de mí: que era muy independiente, que alguien así nunca querría formar una familia, que viajar (como siempre pregonaba que era mi sueño) me convertiría en una mujer fácil y que conocer lugares me abriría tanto la cabeza que discutiría hasta la tela de los sillones. Y yo sufría al verlo siempre a punto de…, pero solo agachaba mi cabeza y él se contentaba con dejarme cartas anónimas y a escondidas en mi buzón. ¡Como si no reconociera su letra! Hasta que tocó decidir carrera universitaria y pensamos que nos separaríamos. Pero otra vez me sorprendió eligiendo la misma carrera que yo: medicina. ¡Ya íbamos medio semestre y nada! Esta vez, necesitaba que se la jugara y se dejara de enviarme ramitos de violetas a escondidas o poemas de nuestros tangos preferidos Cambalache, El Día que me Quieras y Volver, entre los apuntes de la cátedra del Profesor Mancedo. Sobre todo ahora, que tendríamos que separarnos, que dejar de vernos. Ya no me importa. Si Julio no tiene las agallas suficientes como para…

―¡Matilde! ―Me doy vuelta y se me caen mis libros. ―¡Ey, Mati! ―Es él. Pero ¿qué hace a esta hora por la cuadra del club? Me pongo colorada y me agacho para recoger mis cosas. Llega hasta mí muy agitado y solícito para ayudarme a ordenar mis apuntes y todo el frío crudo de este junio invernal desaparece apenas me mira. ―Hace rato que te vengo gritando. ¿No me escuchabas?

―No.

¡Claro que no lo escuchaba! Venía masticando bronca y pensando que hoy tuve el último entrenamiento para los Olímpicos alemanes. Muchos de mis compañeros no irían por problemas económicos y yo era la elegida para representar a la Argentina. Todos sabíamos que era la mejor, sin embargo, ser mujer complicaba las cosas y se rumoreaba que no me harían ficha ni como suplente. Finalmente, ser Campeona Argentina de Natación hace cuatro años, mis tres medallas de oro y los tres récords sudamericanos obtenidos en el Campeonato de Natación de Río de Janeiro del año pasado pesaron y hoy me comunicaron que soy la esperanza argentina para la carrera de los 100 metros libres.

De repente, todo pasa en segundos. Manos que toman mis brazos, labios tímidos sobre los míos, su perfume varonil impregnando el aire y mis ojos que se cierran por temor a despertar de algo que esperé por años. Los abro y veo la mirada ilusionada de Julio y su boca curvada en una sonrisa.

―¿Qué hiciste? ―Me toco los labios con mis pulgares. ―¿Por qué? ―Y sonrío incrédula.

―Es que te estaba hablando y parecías perdida en otro mundo… No se me ocurrió otra cosa que traerte hasta mí con un beso… ¿Hice mal? ―Y otra vez esa sonrisa escondida que demostraba la misma emoción que estaba sintiendo yo. ¡Nuestro primer beso!

―Nunca. ―Tomé su mano y caminamos con nuestros dedos entrelazados hasta la puerta de mi casa. Como si lo hiciéramos desde hace años. Estamos tensos, no nos miramos, pero tampoco nos soltamos. ―Julio, yo… ―Otra vez me sorprende con un beso. ―Creo que podría acostumbrarme a que me interrumpas siempre de esta manera ―nos reímos. ―Mejor entro, porque no quiero que mi papá salga en segundos, se presente y te ponga incómodo. Ahora que te animaste no quiero que te espantes…

―Mati ―me toma las mejillas con ambas manos―: Sé que la semana que viene te irás a los Olímpicos en Berlín. Y tengo miedo. ―Abro mi boca para discutir porque esto está empezando mal. No permitiría que nadie, ni siquiera él, que lo vengo amando en silencio desde hace años, dijera nada sobre mi sueño. ―Shhh, no me interrumpas. Tengo miedo porque mi padre lee que los alemanes están usando esto para lavarle la cara al régimen nazi. Y ya sabemos que las mujeres recién están asomando la cabeza y… Además… Estoy celoso… ―Carraspea para aclararse la garganta. ―Soy un simple futuro médico y vos estás preparada para mil cosas… No quiero decirte que no viajes, pero tampoco quiero que lo hagas… No sé ni qué excusa esgrimir para que te quedes, pero… ―Traga saliva y lo amo aún más por su ternura y preocupación. ―Y están diciendo que allá es peor de lo que se vive acá con Justo[1]

Baja la mirada, suelta mi cara y comienza a retorcer sus dedos nerviosamente. Está preocupado. Si bien pasaban cosas destacables como la inauguración del Obelisco, la obtención del Premio Nobel de la Paz para Saavedra Lamas por la mediación entre Chile y Paraguay[2] que tapaban los actos de corrupción y las huelgas de la CGT, los panfletos y grupos que hablaban en contra del nazifascismo que estaba latente en Buenos Aires no cesaban. Algo que venía de afuera quería imponérsenos a trasluz. Hasta yo lo sentía. ¿Sería verdad las cosas que se rumoreaban sobre la política del canciller alemán? Todo era confuso, porque sentía que las gacetillas extranjeras que llegaban de contrabando al país contando algunos crímenes en contra de los judíos exageraban, pero tampoco terminaba de confiar en la prensa amordazada que manejaba este gobierno infame. De todas formas, sea cual fuera la realidad berlinesa, viajaría y cumpliría en dejar en alto a mi país.

―Julito ―hago una pausa para, esta vez, ser yo quien tome sus mejillas con mis manos y darle un beso en la nariz―, ahora escucháme vos a mí y pará ese círculo loco que tenés en la cabeza: soñé toda mi vida con esta oportunidad y ningún prejuicio ni problemas políticos propios o ajenos me la va a arrebatar. Es el momento de demostrarle al mundo, a la Argentina, que las mujeres tenemos derecho a estar en donde queramos. Que podemos opinar, votar, escribir, nadar, y ser tan fuertes como ustedes. No me olvido que en nuestra adolescencia se persiguió a las mujeres que quisieron levantar la cabeza a través de la Asociación Argentina del Sufragio Femenino o del Consejo de Mujeres. No me considero la típica mujer sumisa que nos quieren meter por las orejas los radioteatros. O el tema de los vestuarios exclusivos para los hombres y sin espacios femeninos… Ni hablar poder estudiar en la Facultad… ¿Te pensás que no quiero aprovechar esto para gritar al mundo lo que sentimos muchas? Quiero ser libre como Victoria Ocampo[3] que dice lo que piensa y se mueve en un mundo de hombres con la femineidad suficiente como para seguir representándonos a pesar de las chicanas… Entendeme, amor ―lo oigo suspirar al escucharme nombrarlo así―: mi equipo confía en mí y tengo una responsabilidad para con ellos y el mundo. Pero sobre todo, para conmigo y la vida que quiero que tengamos juntos. ―Refuerzo el término “juntos” porque quiero que todo me suceda con él al lado. ―No podría ser feliz sintiendo que me corté las alas yo misma por vos o por terceros… Te lo reprocharía toda la vida y me convertiría en una resentida. ¿Querés eso para mí o para nosotros?

Asiente sin decir palabra, sabiendo que cualquier cosa que expresara sería peor. Sin embargo, ni toda mi cabezonería junta estaba preparada para oír lo que siguió.

―¿Y si nos casamos? ¡Llamá a tu padre ya mismo que quiero pedirle tu mano!

Comenzó a subir los escalones que separaban la puerta de calle de mi casa de la acera, pero lo detuve. Lo quiero. Lo sé. Es un hecho como que no puedo respirar ni soñar ni comer ni entrenar ni estudiar sin pensar en él desde mi adolescencia, pero eso no es suficiente para resignar mis sueños. Sus palabras casi me hacen flaquear. Casi. Quiero transitar esta prueba a pesar de las inseguridades propias y ajenas.

―No. Iré a Alemania y si, cuando vuelva, seguimos sintiendo lo mismo el uno por el otro comenzaremos a conocernos para ver si este fuego inmaduro se convierte en el amor sostenido que se necesita para formar una familia. Te quiero, Julio, y confío en nuestros sentimientos lo suficiente como para someterlos a esta prueba. ―Doy la vuelta con un nudo en la garganta y sin despedirme, pero me falta algo y vuelvo a mirarlo. ―Te pido un último favor: no nos veamos hasta mi regreso. No soporto las despedidas y necesito estar enfocada. ¿Puede ser?

Me dice que sí, sonríe resignado y se va. Hace unos veinte metros, gira para mirarme como si supiera que aún no entré y grita que me quiere. Unas lágrimas mojan mi cara, pero me las seco porque no quiero que vea mi emoción. Le pedí fortaleza y yo hago lo contrario… Le contesto que yo también, sin importarme que la vecina más chismosa y quejosa de la cuadra salga al balcón a retarme, y entro corriendo a mi hogar.

Lo peor es que cumplió lo que le pedí. Cuando me subo al barco, espero verlo en mi despedida pero no es así. Y lo extraño tanto, que casi me bajaría y correría a buscarlo para romper mi estúpida exigencia. Lo busco incansablemente entre el gentío hasta que recuerdo que mis padres y mi hermano están muriéndose de frío por saludarme y yo solo pienso en Julio. Me recompongo y cambio mi semblante para prometerles que les traería la medalla de oro. Solo deseaba no volver con la frente marchita, como decía el maestro Gardel. Si hubiera sabido que eso jamás pasaría…

Pasados casi cincuenta días, y un día antes de la fiesta inaugural de los Juegos, atracamos en el puerto de un caluroso y húmedo Warnemunde. A las dos horas nos dirigimos hacia un Berlín que nos recibe con su cielo tan gris como mi ánimo. ¿Cómo estaría mi familia? ¿Y Julio? ¿Me extrañaría? ¿Recibirían noticias nuestras a través de la radio? Descanso y me recompongo del viaje ya que mañana retomaremos el entrenamiento.

Hoy es el día en que la antorcha olímpica dará comienzo a lo que vinimos, y tanto mi entrenador como la comitiva de los demás atletas argentinos estamos maravillados con las dimensiones del Olympiastadion y el zeppelín Hinderburg, el cual sobrevoló el estadio olímpico momentos antes de la aparición de Adolf Hitler, ocultando el sol y mostrándonos el poderío alemán y su proyecto ario. La villa olímpica también es majestuosa, pero todo ese halo de perfección junto a las banderas rojas con cruces torcidas llamadas esvásticas me provocan una sensación rara. Demasiados soldados, miradas amedrentadas, brazos y palmas extendidas en gritos mudos y fanáticos… Lo charlo con algunos argentinos y otros atletas extranjeros, pero mi entrenador me pide concentración y sobre todo silencio. Le hago caso y siete días después establezco un nuevo record sudamericano clasificando para la final del diez de agosto. Faltan solo dos días, pero el entusiasmo de nuestra victoria se ve empañada con la discriminación de algunos atletas de otras comitivas. Salimos a dar una vuelta para adormecer nuestra conciencia y observamos que los alemanes corren vitoreando a Hitler, mientras nuestra despreocupación y euforia hace que no preguntáramos nada, copiando ese entusiasmo. Una anciana me para y me da un panfleto que luego me traducirá un atleta estadounidense-judío, explicándome con actitud rabiosa que se estaban promulgando leyes contra la ciudadanía judía. Al día siguiente, el mismo deportista fue desplazado por su ascendencia hebrea.

Con eso en mi cabeza, el diez de agosto, en la carrera de nado de los 100 metros libres, me vence la holandesa Mastenbrock por solo cinco décimas de segundo. La culpa había sido enteramente mía, porque me distraje en la largada por haber creído ver un cartel con bandera argentina y mi nombre al lado de un ramito de violetas. ¿Sería que…? No, imposible. Recibo mi medalla de plata y me proclaman como Reina de Berlín 1936 por mi belleza y simpatía. Nos reímos mucho con otras atletas por ese título, y hubiera deseado que mi familia y mi amor estuvieran ahí.

Más tarde, en mi habitación, estoy vistiéndome para salir a cenar y festejar cuando deslizan un sobre debajo de mi puerta. Lo abro y el aroma del ramito de violetas que acompaña una pequeña tarjeta me transporta a mi querido Buenos Aires: “Mi amor, te amo y estoy orgulloso de vos. Hoy entendí como nunca lo que significa este camino para vos. Te admiro y te pienso apoyar, sea como marido y mujer, de novios o como amigos… Y sí, el del cartel, era yo…”. Corro a abrir la puerta y mi entrenador sonríe diciéndome que mi futuro me está esperando en un café del centro de Berlín. Que marchara hacia él sin miedos, porque quien tiene el camino claro llega más lejos acompañado. Que me diera la oportunidad de ser feliz o equivocarme, pero que lo hiciera. Le devuelvo la sonrisa, lo abrazo emocionada y voy hacia el hombre que acababa de cruzar el océano para convencerme que el amor también implica libertad.

[1] Agustín Pedro Justo (Concepción del Uruguay, 26 de febrero de 1876 – Buenos Aires, 11 de enero de 1943) fue un militar, diplomático y político argentino, presidente de Argentina entre 1932 y 1938. Su época se denominó Década Infame debido a la corrupción que imperó en el país y el fraude recurrente en las elecciones a cargos públicos. Fue elegido presidente en 8 de noviembre de 1931.

[2] La Guerra del Chaco en la que Saavedra Lamas contribuyó a la mediación y finalización de la misma.

[3] Victoria Ocampo es una transgresora a sabiendas: se muestra libre en su vida amorosa, funda la más importante revista literaria argentina “Sur” en 1931, en la que publican los grandes nombres de la literatura argentina, y que ya transformada en editorial, persistirá hasta la década de 1960; y se convierte en un referente inevitable de la mujer “liberada”.

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5 pensamientos en “¡RADIOTEATRO! – Columna emitida en Nunca es Tarde

  1. Pingback: Espero que les encante como a mí.¡RADIOTEATRO! – Columna emitida en Nunca es Tarde | Corazón Literario

  2. Y a partir de ahora, todas las columnas con radioteatro, la verdad muy buena la interpretación de los dos, y me gustó mucho la historia, felicitaciones…
    Hasta la próxima.
    Un beso
    Cata

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